Los seres humanos tenemos una tendencia innata a buscar la felicidad. A lo largo de la historia, han sido muchos (filósofos, científicos, psicólogos, sociólogos…) los que han explorado cómo medirla. Sin embargo, la felicidad es un concepto muy amplio y multifactorial, que puede variar de persona a persona.
Sí existe cierto consenso en torno a la definición de felicidad como un estado subjetivo de bienestar general. En este sentido, uno de los conceptos que podemos tomar como referencia para valorar cómo de felices somos es la satisfacción generalizada.
La satisfacción generalizada hace referencia al grado en que la persona está satisfecha consigo misma y con su vida. En realidad, es una medida subjetiva de la calidad de vida que abarca una amplia gama de variables: salud, relaciones interpersonales, estabilidad laboral…
La satisfacción con nosotros mismos y nuestras vidas se puede evaluar comparando cuánta es la diferencia entre mi realidad actual y mi ideal (siendo el ideal lo que me gustaría conseguir en cada una de las áreas que son importantes para mí).
La felicidad no es un destino al que llegar, sino un estado que se construye en la relación con uno mismo y con los demás.
¿Qué pasa si la distancia entre mi “yo ideal” y mi “yo real” es muy pequeña?
A nivel general estaremos satisfechos porque nos sentiremos más cerca de la persona que deseamos ser, la sensación de autoeficacia (confianza en nuestra propia capacidad para conseguir nuestros objetivos) será elevada, tendremos sensación de congruencia al actuar en armonía con nuestros intereses…
Pongamos como referencia el siguiente ejemplo:
- Imaginemos que Juan ha estudiado periodismo deportivo porque quería trabajar en un programa televisivo como comentarista de fútbol. Sin embargo, Juan trabaja en una cadena de radio retransmitiendo partidos de fútbol. El “yo ideal” de Juan es un periodista exitoso y competente que trabaja en televisión en un área que le apasiona. El “yo real” de Juan se parece bastante al ideal que quiere conseguir y su desempeño laboral está dirigido a aquello que para él es importante.
- Teniendo en cuenta que nunca se alcanzará la perfección, en el caso de Juan, podríamos presuponer que está satisfecho a nivel general con su trabajo. Dicha satisfacción proviene de la cercanía entre su “trabajo real” y su “trabajo ideal”. La alineación entre sus metas y su realidad contribuye a un bienestar general en su vida.
¿Qué pasa si la distancia entre mi “yo ideal” y mi “yo real” es muy grande?
Seguramente, no me encuentre satisfecho porque hay mucha distancia entre mi realidad y lo que me gustaría. ¿Qué podemos hacer en este caso?
- Valorar la factibilidad de mis objetivos: quizás mi “yo ideal” esté muy lejano porque me he planteado objetivos poco realistas. Las expectativas que tengo con respecto a lo que me gustaría conseguir están desajustadas y, en consecuencia, me frustraré muchísimo. Así que es importante tener en cuenta que:
- El “yo ideal” tiene que ser realista para que pueda ser alcanzable a través de acciones concretas y ajustadas a nuestras posibilidades. Si es rígido e impositivo, lo vamos a vivir desde la angustia puesto que las metas que perseguimos representan un estándar inalcanzable.
- Es modificable ya que puede variar a medida que vamos creciendo, acumulando experiencias y revisando nuestras creencias.
- Sin embargo, si mis objetivos son realistas, entonces tendré que hacer cambios en mi realidad actual que me acerquen a mi ideal. ¿Qué es lo mínimo que puedo hacer para acercarme a lo que me gustaría?
¿Por qué nos referimos a satisfacción generalizada y no a satisfacción en sí misma?
Plantear una vida sin malestar sería una meta irreal. Vivimos en un contexto en el cual hacemos frente a diferentes dificultades que escapan a nuestro control. De ahí que la satisfacción sea generalizada: puede haber partes de mi vida con las que no esté satisfecho, pero caben los problemas dentro de mi realidad. De hecho, el ser humano tiene una tendencia innata para sobreponerse.
En definitiva, vivimos en una sociedad donde se ensalza el éxito, la productividad… y, en ese sentido, la tolerancia al malestar es cada vez menor. Tenemos la aspiración de ser muy felices y, además, serlo todo el tiempo. Por ello, os invito a que hagáis el ejercicio de valorar cómo de satisfechos estáis a nivel general con cada una de las áreas que conforman vuestra vida. Esto nos va a permitir, por un lado, movilizarnos para hacer cambios que nos permitan tener una vida congruente con nuestras aspiraciones y valores y, por otro, replantearnos cómo de exigentes estamos siendo a la hora de plantear nuestros objetivos.
