Como hemos visto en anteriores artículos, la mirada que tenemos hacia nuestro cuerpo está configurada por la sociedad en la que vivimos.
La insatisfacción corporal viene determinada por lo que hemos aprendido que es deseable: figuras delgadas, que ocupen poco espacio, formas estilizadas… Todo lo que se aleje de ese estándar se ha cargado de significados negativos y de emociones asociadas (vergüenza, culpa, asco…). Por ello, en este artículo pretendemos dar pistas sobre cómo caminar en una nueva dirección: la aceptación.
La insatisfacción corporal viene determinada por lo que hemos aprendido que es deseable. Pero lo aprendido también se puede desaprender.
¿Qué es la aceptación corporal?
La aceptación corporal se plantea como alternativa para cultivar una relación saludable con nuestro cuerpo, con independencia de que este cumpla o no los estándares de belleza marcados socialmente.
La aceptación corporal se refiere tanto a las acciones como a las cosas que nos decimos respecto al cuerpo y que fomentan la compasión, el cariño y el respeto hacia él, a pesar de que no nos guste (Praje, 2024).
¿Por qué hablamos de aceptación y no de satisfacción?
Vivimos en un contexto social e histórico en el que la imagen corporal ha sido objetivo de una atención desproporcionada. De hecho, el sistema en el que crecemos está diseñado para multiplicar nuestros complejos y potenciar así la industria de la belleza (miles de mensajes que nos bombardean con la idea de que tenemos que estar guapas, cuentas de Instagram con cuerpos de ensueño, anuncios publicitarios con remedios que te acercan al “cuerpo ideal” …) Atendiendo a lo anterior, es esperable que nos sintamos a disgusto con nuestro cuerpo (rechazo, vergüenza, culpa…) y que surjan pensamientos desagradables con respecto al mismo.
Es por ello que hablamos de aceptación y no de satisfacción: el contexto potencia y mantiene la aparición de pensamientos y emociones indeseables, la alternativa no reside en esperar que estos desaparezcan, sino en que estos no desencadenen actuaciones dañinas que nos hagan difícil habitar nuestro cuerpo.
¿Cómo lo hago?: formas de fomentar la aceptación corporal
-Cuidar el diálogo interno: es muy importante atender a la forma en la que hablamos de nosotros mismos y de nuestros cuerpos:
- “Qué asco da mi panza” vs. “No me gusta mi barriga”
- “¿Dónde voy a ir con estas piernas gordas y feas? vs. “Me desagradan mis piernas, pero con ellas puedo ir a los sitios”
-Fomentar emociones agradables hacia nuestro cuerpo: no nacemos con un gen que nos predisponga a odiar nuestro cuerpo, sino que a lo largo de nuestra vida vamos acumulando experiencias en las que nuestro cuerpo se ha asociado a estímulos negativos que desencadenan emociones de vivencia desagradable.
Sin embargo, podemos realizar el aprendizaje inverso, intentando asociar nuestro cuerpo con cosas positivas que nos conecten con emociones de vivencia agradable: practicar una actividad deportiva que me guste, masajear tu cuerpo con una crema que te encante, bañarte mientras escuchas tu playlist favorita…
-Cuidar el uso que hacemos de los filtros: los filtros en las redes sociales y en las aplicaciones pueden distorsionar la percepción que tenemos de nuestro cuerpo o cara, llegando al extremo de deshabituarnos y extrañarnos cuando nos miramos al espejo sin su efecto. Entre las consecuencias que podemos experimentar, nos encontramos:
- Comparación con una imagen nuestra que supuestamente es mejor, lo cual conduce a sentimientos de insuficiencia, frustración, rechazo, desagrado…
- Distorsión de la imagen corporal al empezar a percibir las imperfecciones naturales del cuerpo como defectos a corregir.
- Expectativas poco realistas con respecto a cómo debe ser la imagen de una persona y presión por cumplir ese estándar.
-Diversificar actividades: dedicar espacio y tiempo a cosas importantes para ti. Es importante que la insatisfacción corporal no condicione la vida que quieres llevar.
-No fuerces a tu cuerpo a entrar en ropa que no le vale: aunque parezca sorprendente, el número de personas a las que conservar la ropa les ha motivarlo a entrar en ella es 0 (nótese la ironía). La ropa es la que se debe amoldar a tu cuerpo, ya que lo contrario es un castigo. Tratar bien a tu cuerpo parte de vestirle de manera cómoda y agradable.
-Observarlo sin una mirada puramente estética, acostumbrándonos a sus formas: nuestro cuerpo no es un escaparate, pero tampoco es una realidad de la que tengamos que huir. Es importante que podamos mirarlo para lo que necesitemos sin caer en la comprobación compulsiva de sus cambios ni en la evitación de enfrentarnos a esa realidad.
En definitiva, aceptar nuestro cuerpo no es sinónimo de estar satisfecho con todas sus partes o formas (te aseguro que ese objetivo es imposible de alcanzar). Aceptar implica reconocer, respetar y abrazar todas sus características, tanto las que nos gustan como las que no, sin que ello condicione nuestras acciones.
Al final, el problema no son las emociones o los pensamientos desagradables que puedan aparecer en relación a nuestro cuerpo, sino las conductas dañinas que tendemos a poner en marcha para acallarlos. Cancelar planes, tapar nuestro cuerpo, no darle de comer, hacer mucho ejercicio… implica intentar cambiar nuestro cuerpo de manera disfuncional para ajustarse a unos estándares de belleza inalcanzables. Lo paradójico es que cuanto más intentamos controlar para evitar sentir esas emociones o pensamientos desagradables en relación a nuestro cuerpo, mayor es la insatisfacción que experimentamos: sentimientos de fracaso, pérdida de planes sociales, aumenta la culpa por la comida, cada vez me preocupa más mi apariencia física, me obsesiona lo que como….
Frente a esto, el único camino que promueve un mayor bienestar emocional y una relación más saludable con nuestro cuerpo es el de la aceptación: enfocar nuestros esfuerzos en cuidar a nuestro cuerpo de manera más respetuosa y compasiva, en lugar de tratar de cambiarlo de manera disfuncional.
Referencias bibliográficas:
Praje, Denisa. (2024). Tu cuerpo es para vivir. Penguin Random House Grupo Editorial
