Skip to content Skip to footer

Estrategias para una gestión emocional efectiva

Las emociones son respuestas psicofisiológicas que nos movilizan frente a un estímulo. Si ese estímulo es positivo y de vivencia agradable, me hace quedarme ahí e incluso buscarlo más. Sin embargo, si ese estímulo es negativo o de vivencia desagradable, me hace huir, evitarlo…

No obstante, independientemente del tipo de estímulo al que las emociones tengan que dar respuesta, todas tienen una función adaptativa: movilizarnos de alguna forma. Por eso, las emociones no son ni buenas ni malas: surgen como reacción a las demandas del entorno y sin ellas sería muy difícil adaptarnos y sobrevivir puesto que nos proporcionan información valiosa sobre nuestras necesidades, nuestras experiencias, nuestros valores…. En este sentido, las emociones, para que sean adaptativas, tienen que ser sentidas, pensadas y gestionadas.

Las emociones no son ni buenas ni malas: surgen como reacción a las demandas del entorno y sin ellas no podríamos sobrevivir.

Sentidas

Las emociones no se hipercontrolan, reprimen, evitan… Una parte fundamental para hacer una buena gestión emocional, es identificar y etiquetar lo que estamos sintiendo. Sea lo que sea que estemos sintiendo, el primer paso es darse cuenta de que está ahí y para eso, puede ser de gran ayuda incrementar nuestro grado de consciencia sobre:

  • Cómo se presentan nuestras emociones (¿en qué parte del cuerpo las notamos?).
  • Cuándo se presentan (¿se suelen desencadenar frente a determinados estímulos?).

Si no acogemos y abrazamos nuestras emociones (autoobservando las señales físicas que las acompañan, hablando de ellas y expresándolas, aprendiendo cómo funcionan para incrementar la conciencia emocional, entre otros…) nunca sabremos por qué han venido ni cómo queremos actuar.

Te propongo un ejercicio: para un momento a observar las señales de tu cuerpo, cierra los ojos, pon el foco en la respiración (inhala lentamente y suelta el aire poco a poco). Ahora, intenta llevar la mirada, de nuevo, hacia tu cuerpo. Vamos a intentar dar respuesta a las siguientes preguntas: ¿qué sensaciones tienes?, ¿eres capaz de identificar cómo te sientes?, ¿en qué parte del cuerpo se encuentra esa sensación?, ¿es intensa o suave?, ¿podrías ponerle nombre?…

Pensadas

Tenemos que pararnos a pensar sobre lo que estamos sintiendo. Eso implica reflexionar sobre por qué ha venido esa emoción, para poder decidir qué quiero hacer. Las emociones siempre buscan que hagamos algo, preparan a nuestro cuerpo para actuar, pero eso no quiere decir que siempre tengamos que hacer eso a lo que nos impulsa la emoción. Reflexionar conscientemente sobre lo que estamos sintiendo y por qué, nos permite, entre otros:

  • Conocernos mejor y entender nuestras reacciones (mejora del autoconocimiento).
  • Mejora del autocontrol y la toma de decisiones: al pensar en nuestras emociones podemos elegir la respuesta que queremos dar. Es un primer filtro antes de la acción.
  • Resolver las causas que nos han llevado a sentirnos así: pensar en las emociones nos facilita la búsqueda de soluciones y la elaboración de un plan de acción que aborde las necesidades subyacentes a la emoción que se presenta.
Gestionadas

Una vez que somos conscientes de por qué ha aparecido la emoción, tenemos dos opciones: actuar o no actuar. Aquí podemos preguntarnos: si llevo a cabo lo que me pide la emoción, ¿me ayudará a ser la persona que quiero ser?, ¿actuaré en la dirección que quiero tomar para mi vida?…

Si la respuesta es sí: adelante, actúa. Pero a veces puede ser no, ya que, recordemos que las emociones que sentimos ante determinadas situaciones, muchas veces, son consecuencia de nuestro historial de aprendizaje, de todo aquello que hemos aprendido en la vida, directa o indirectamente, y que guarda relación en mayor o menor medida con la situación. Es por esta razón que no todo lo que nos dice la emoción es verdad absoluta (hay falsas alarmas). Por eso, es importante pararnos a pensar el porqué de la aparición de esa emoción para saber si quiero actuar (cuando tiene un mensaje adaptativo) o no (cuando es una falsa alarma).

Entonces, ¿cuándo tengo que actuar en función de la emoción y cuándo no? Veámoslo en los siguientes ejemplos:

  • Emoción como falsa alarma: María es una joven de 25 años que ha nacido en el seno de una familia muy sobreprotectora. Su madre siempre estaba pendiente de dónde estaba, con quién y qué hacía, haciendo mucho hincapié en que la vida puede ser peligrosa y hay que prepararse para lo peor. A día de hoy, María siente miedo cada vez que sale de fiesta con sus amigas, incluso cuando todas las demás se lo están pasando bien y aparentemente no hay ningún peligro. Aquí el miedo aparece como una falsa alarma, relacionado con la imagen del mundo como peligroso que María ha interiorizado de su madre. En esta situación, si actúo en función de la emoción y me dejo llevar por el miedo: perdería muchos planes, no disfrutaría de mis amigas, cada vez me daría más miedo hacer otro tipo de actividades… Aquí es importante que María reflexione conscientemente sobre por qué siente miedo en este tipo de situaciones, para que pueda aprender a convivir con esa emoción, exponiéndose a aquellas situaciones que le han enseñado que son potencialmente peligrosas, aunque objetivamente no lo sean.
  • Emoción con mensaje adaptativo: María, una joven de 25 años, sale de fiesta con sus amigos y llegado un punto de la noche, empieza a ver que todos sus amigos se van y la dejan sola. Es de noche y María se acaba quedando sola en un lugar poco iluminado donde tampoco hay otras personas. En esta situación el miedo aparece como una emoción adaptativa que lleva a María a alejarse de posibles situaciones peligrosas. Por tanto, la conducta de alejarme de ese lugar, acción impulsada por mi emoción, sí podría ser actuada.

En definitiva, las emociones son una parte fundamental de nuestra experiencia humana y una guía muy valiosa por la información que nos transmiten. Aprender a acogerlas y comprenderlas nos da la oportunidad de vivir más conectados con nosotros mismos y también, ser más habilidosos en la relación con los demás.

Subir