Todos tenemos que hacer frente a dilemas complejos: ¿rompo la relación con mi pareja o no?, ¿le cuento a mi familia algo que es importante para mí o me guardo el secreto?, ¿continuo en mi trabajo o me cambio?… De hecho, “soy una persona indecisa” es de las frases que más escuchamos en consulta.
Muchas veces, nos quedamos paralizados. Creemos que, no decidiendo, todo se quedará tal y como está. ¡Ojalá fuera así! Sin embargo, la realidad es que nuestra mente no parará de enviarnos mensajes sobre qué hacer, cómo tomar la mejor decisión, nos avasallará con las diferentes alternativas… Y en ese proceso, viviremos desconectados del presente y sumidos en una valoración constante que tan solo nos generará ansiedad.
Y es que, no se puede negar que tomar decisiones nos cuesta mucho, sobre todo, cuando a corto plazo las consecuencias de esa decisión son “negativas”: miedo a equivocarme, tristeza, incomodidad…PERO, en la vida todos pasamos por momentos en lo que tenemos que escoger y es imposible escaparnos de esa realidad (incluso, no decidir implica continuar como estamos y eso, ya es una decisión).
Creemos que, no decidiendo, todo se quedará tal y como está. Sin embargo, nuestra mente no parará de enviarnos mensajes sobre qué hacer.
Entonces, si me paso la vida escogiendo, ¿por qué me cuesta tanto?
Lo primero que tenemos que saber es que a decidir se aprende decidiendo. La toma de decisiones implica un aprendizaje previo en el que nos tienen que haber enseñado a valorar las diferentes opciones y a reflexionar sobre las consecuencias de cada una de ellas.
Vamos a ver algunos ejemplos de cómo este aprendizaje puede haberse visto limitado:
- Ambientes sobreprotectores: eres un niño y tus padres no te dejan hacer nada. Quizás piensan que a ellos se les da mejor o tardan menos, quizás quieran anticiparse a tus demandas para hacerte la vida más fácil, a lo mejor tienen mucho miedo de que algo te pueda pasar… Al final, nunca has tenido oportunidades para gestionar situaciones incómodas o difíciles que te enseñasen a escoger entre diferentes alternativas.
- Ambientes rígidos y exigentes: eres un niño y has sido educado en una familia donde el error no estaba permitido. Solo eras merecedor de cariño cuando hacías las cosas bien. Cada decisión tenía que ser la mejor y, en consecuencia, has aprendido que equivocarse cuestiona tu valía (¿cuál es el problema?: decidir implica hacer frente a la posibilidad de equivocarnos).
Muchas veces, comprender el origen de nuestra dificultad es el primer paso hacia el cambio, nos permite avanzar desde el cariño y no desde el reproche. Nos proporciona alivio.
¿Y cómo aprendo a tomar decisiones?
Algunas cosas que podemos hacer para entrenar la toma de decisiones son:
- Póntelo fácil. Empieza por pequeñas decisiones para, gradualmente, ir aumentando la dificultad. Recuerda que estamos aprendiendo: no podemos correr una maratón sin un calentamiento previo.
- Trabaja la autoestima y la seguridad en ti mismo. Una buena autoestima es el resultado de lo que hacemos y de cómo nos tratamos: date valor, expresa tu criterio, di no cuando sea necesario, sé consciente de tus pequeños logros… Al trabajar tu autoestima, te será más fácil generar confianza en las propias opiniones y en tu criterio a la hora de decidir.
- Acepta la posibilidad de que nos podemos equivocar. Decidir no es fácil porque lleva implícita la necesidad de renunciar a algo y la posibilidad de cometer un error. Esto puede darnos miedo, nos puede llevar a quedarnos estancados… Aquí lo importante y lo único que está bajo nuestro control es pasar a la acción, decidir.
- Cuanto más practiques, más cómodo te sentirás y más confianza irás adquiriendo en las propias decisiones (incluso cuando lo decidido genere un resultado distinto al esperado). No hay una solución perfecta, de modo que elijamos lo que elijamos, es muy posible que aparezca el miedo, la ansiedad, que nuestra mente nos mande mensajes sobre “la mala decisión” que vamos a tomar… Pero si esperamos a que ese miedo se vaya, lo más probable es que nunca tomemos una decisión.
- Decide desde el cariño. Las decisiones importantes requieren que seamos amables con nosotros mismos. En la vida, cuando decimos que sí a algo que nos importa, puede que tengamos que decir que no a algo que es también importante para nosotros. Es ahí cuando tenemos que ser compasivos con nosotros mismos.
- Filtra. ¿Cómo de importante es esa decisión? Cuando algo es importante para nosotros, es normal que queramos hacer las cosas bien y perfectas, pero no siempre tenemos que tomar la mejor decisión, basta con decisiones que sean lo suficientemente buenas. No será la mejor, pero es aquella que me permite continuar con mi vida de acuerdo a mis valores.
- No compruebes con otro qué debes hacer. Empieza a decidir las cosas por ti, sin poner el foco en los demás. Intenta no pedir opinión de manera constante o comprobar con el otro si tu decisión es “lo suficientemente buena”. Aunque, a corto plazo, dejar de emitir esas conductas nos puede generar mucho malestar, hacernos sentir inseguros, agobiados…. es la única manera de que, a medio y largo plazo, podamos ir ganando confianza en nosotros mismos para actuar en base a nuestro propio criterio.
A veces, tomar decisiones nos cuesta mucho porque, a corto plazo, sabemos que las consecuencias de esas decisiones pueden ser “negativas”: vergüenza, tristeza… Sin embargo, ese es el coste que tenemos que pagar por avanzar y vivir una vida acorde a nuestros valores.
