La vida es aquello que transcurre mientras nosotros solucionamos problemas. ¿Y qué emoción suele surgir frente a estos? La preocupación. La preocupación es una respuesta innata y adaptativa ante demandas del entorno que anticipamos que resultarán difíciles de gestionar.
El problema aparece cuando no atendemos al mensaje que nos manda la preocupación y, por tanto, no podemos resolver la causa subyacente.
¿Cuándo la preocupación se convierte en el problema y no en la solución?
El problema aparece cuando no atendemos al mensaje que nos manda y, por tanto, no podemos resolver la causa subyacente. Entonces, nos quedamos instaurados en la preocupación, que se convierte en un patrón de respuesta constante e intenso que interfiere en nuestro funcionamiento diario (no podemos parar de darle vueltas, a todas horas, en todos lados y recreando miles de escenarios).
La preocupación patológica, que no adaptativa, suele aparecer cuando empleamos como estrategia de afrontamiento de los problemas la evitación. Como seres humanos, tendemos a eludir aquellas situaciones que nos resultan incómodas y desafiantes y, en este sentido, la evitación nos hace sentir muy cómodos y seguros.
Sin embargo, esta es una estrategia a corto plazo puesto que el alivio que nos proporciona la evitación es limitado en el tiempo. Nos genera una falsa sensación de seguridad, al mismo tiempo que alimenta nuestro malestar y refuerza la idea de que tenemos que evitar los problemas a toda costa.
Entonces, ¿toda preocupación es patológica?
No, como ya hemos dicho, la preocupación es una respuesta natural humana frente a situaciones que resultan estresantes, incómodas, desagradables, difíciles… A continuación, vamos a ver las diferencias entre preocupación adaptativa y patológica:
¿Cómo ocuparnos para no pre-ocuparnos? Algunas sugerencias:
- Identificar la estrategia habitual de solución de problemas para reconocer patrones de evitación.
- Explorar las causas que conducen a la preocupación: debajo de la preocupación patológica, a veces, nos encontramos mensajes de nuestra mente cuyo contenido es muy desagradable: tiende a magnificar las consecuencias, puede subestimar nuestra capacidad para hacer frene a los desafíos, concibe las situaciones como más peligrosas de lo que realmente son… Intentar identificar esos mensajes puede ser de gran ayuda para no actuar en base a ellos. ¿Cuántas veces mi mente me ha dicho que no podía hacer algo y la realidad me ha demostrado lo contrario?
- Aprender a convivir con la incertidumbre: nuestra mente, para ayudarnos, intenta buscar la certeza absoluta en todas aquellas situaciones que nos generan malestar. Sin embargo, la realidad es que no podemos controlar el resultado de lo que va a ocurrir en situaciones futuras, hay garantías que son imposibles de obtener. Hay que aprender a tolerar la incertidumbre y convivir con ella.
- Implementar soluciones al problema: aprender a enfrentar los problemas de manera gradual es la mejor estrategia para combatir la preocupación patológica. Podemos dividirlos en partes más manejables, flexibilizar las metas que nos planteamos, ajustar nuestras expectativas, pedir ayuda…
En definitiva, la evitación de problemas es una estrategia a corto plazo que nos conduce inevitablemente a la preocupación patológica. El objetivo no es vivir una vida sin problemas, sino encontrar un equilibrio entre preocupación y evitación, trazando una buena red de soluciones.
